7 argumentos para estudiar argumentación

Horacio Bernardo
 

Hace algunos años doy clases de argumentación, tanto a personas particulares como en empresas del sector público. Y cada vez que me preguntan, ¿por qué es importante saber argumentación? me digo, “he aquí la mejor prueba que, sin saberlo, alguien me podría poner”. Si todo profesor ha de ser capaz de defender las bondades de la materia que profesa, con más razón quien enseña argumentación. Porque siendo su arte el de dar buenas razones, más que cualquier otro habrá de ser capaz de dar buenas razones de su arte. Esto es tan patente, que al proponerse dar argumentos de por qué es bueno dar argumentos, salta a la vista lo recursivo y paradójico. Se muestra sin preámbulos que las palabras son algo demasiado apasionante y sorprendente, porque con ellas se puede hacer demasiadas cosas. Pero vayamos al grano. Daré 7 argumentos sobre la materia que nos ocupa. ¿Por qué estudiar argumentación?

 

1. Saber argumentar da seguridad

 

No vacilaré al señalar ésta como la primera razón. Muchas personas creen, injustificadamente, que la inseguridad que sienten al exponer sus ideas (de forma oral o escrita) tiene que ver con cuestiones psicológicas personales o con su falta de talento para ello. “Es que yo no sé” o “Es que no me hago entender”. Exponer una idea en público, incluso, es considerado uno de los mayores temores a nivel global. Pocas personas, sin embargo, comprenden que la inseguridad parte, en muchas ocasiones, de dos causas bien definidas: o bien de la falta de información, o bien de la falta de una adecuada estructura en lo que se quiere sostener. Preparar un texto, una idea, o la presentación de un proyecto, no es cuestión de psicología individual y de talento únicamente: es cuestión de saber qué decir y saber cómo organizar lo que se dice. Por esto el aspecto estructural de la argumentación es de gran ayuda. Desde la antigüedad, se denominaban a estas instancias la inventio y dispositio (crear y organizar). No hay mayor seguridad que tener una idea y haber pensado un modo de organizar y comunicarla a otros. No es necesario ir a la antigüedad para advertirlo. Esto puede ser probado en la vida cotidiana. Una vez, conversando en un pasillo, le recomendé a un alumno que hiciese un experimento: que intentase convencer a su cónyuge de que era bueno ir al cine, aún cuando ésta no sentía demasiado gusto por el séptimo arte. Pero le pedí que lo hiciera de dos modos diferentes: un día espontáneamente, y otro día (tras dos semanas) habiendo meditado previamente algunos motivos por los cuales sería bueno para ambos ir al cine. No creí que lo hiciese, pero tras unas semanas me comentó su experiencia y ambos aprendimos algo interesante. El primer modo lo sintió más espontáneo pero, increíblemente, no más natural. Sintió que improvisar no le permitía ser él mismo, que lo convertía en balbuceante y lo obligaba a echar mano a lo primero que se le viniera a su mente. Por el contrario, meditar previamente, lejos de convertirlo en un calculador (eso había creído él) le permitía pensar en su pareja y por qué sería agradable para ella esa experiencia. Este proceso no sólo le dio más chances de que su idea fuese considerada (de hecho, fueron al cine), sino que también le dio seguridad de saber por qué se lo planteaba, sin considerar que era un puro pedir un favor o seguir un capricho. Argumentar no es sólo hablar o escribir, es pensar. Es saber dónde está uno centrado. Y estar centrado da seguridad.

 

2. La argumentación es una herramienta de poder

 

Para nadie es un misterio que las palabras dan poder a quien es capaz de manejarlas. Por ejemplo, argumentar es parte indispensable del juego político. En la antigua Grecia, ya Aristóteles observaba cómo las personas utilizaban las palabras en el ágora pública para convencer de sus ideas, y señalaba que no siempre éstas tenían buenas intenciones. Hasta fue capaz de inventar la ciencia de la lógica para corregir estos abusos de poder, entre otras cosas. Más modernamente, a principios del siglo XIX, el estratega Clausewitz, señalaba: “La guerra es la política por otros medios”, indicando que la fuerza de la palabra es extraordinaria por cuanto sustituye en gran medida a la fuerza física. El poder de las palabras es tal pues éstas crean situaciones, puede indicar, determinar o modificar acciones. Es claro que las palabras por sí mismas no son suficientes. Por eso saber argumentar no sólo incluye el saber qué decir (la estructura) sino el saber dónde y en qué contexto decir. Esta es la dimensión política de la argumentación. Pero no es necesario restringirse a lo político a nivel macro. Pensemos, por ejemplo, en el ámbito de una oficina. Dos personas pueden tener una misma idea, pero si dentro de la estructura jerárquica una es un gerente, y otro es un novato, la idea por sí misma tendrá distintos efectos. Y no sólo por lo obvio (el gerente tendrá más autoridad formal) sino también a raíz de sutilezas del relacionamiento (una idea presentada por un novato podría herir la susceptibilidad de un superior). Estos elementos sociales y políticos no corresponden meramente a cuestiones psicológicas de quien habla, ni a su talento, ni siquiera al contenido de sus ideas. Se argumenta siempre en relaciones de poder (minúsculas, muchas veces) y la comprensión de este hecho es esencial. Muchas personas hay, con excelentes ideas, pero frustradas en su interior por no conocer este aspecto.  

 

3. Saber argumentar ayuda a entablar relaciones más fructíferas

 

Quien argumenta no necesariamente discute; intercambia ideas con otro. Este intercambio, muchas veces encalla en la incomprensión, o bien porque las partes no son capaces de posicionarse en puntos de vista con cierto grado de conexión, o bien porque compiten entre sí. Saber argumentar no se trata de ganar discusiones, ni de aprenderse un conjunto de estratagemas. Usted puede ganar una discusión, pero perder una relación y, a la larga, habrá perdido. Muchas veces, algunos alumnos me preguntan si la argumentación es una especie de entrenamiento pugilístico o una colección de estrategias para aprender a manipular personas, si se trata de ser “el vivo” que “se las sabe todas”, o el que “si no la gana, la empata”. Entonces respondo que no y, a propósito, les indico leer un libro particularmente descarado, titulado “Dialéctica Erística o El arte de tener razón expuesta en 38 estratagemas” de Arthur Schopenhauer. Entonces los alumnos me miran y no comprenden la contradicción ante semejante título. Sin embargo, sé que muchos lo comprarán o lo bajarán de la web, porque no hay cosa más irresistible que lo que huele a pecaminoso. Y entonces, cuando algún alumno lee este texto brillante y descarado, (el cual también recomiendo a usted), queda con la sensación de que la argumentación es sencillamente algo así como el arte de la mentira. Es entonces cuando más insisto: no, no es el arte de la mentira. Eso sería tan absurdo como decir que el oficio del médico es el arte de la enfermedad sólo porque las enfermedades son parte de su objeto de estudio. Argumentar se enmarca siempre en una dimensión comunicacional, que incluye otros aspectos que deben ser tenidos en cuenta. El poder establecer una comunicación con otros, intercambiar nuestros puntos de vista es fundamental. Pero, claro está, el mundo real no es color de rosa. No es aquel mundo de silogismos algo esquemáticos del tipo: “Todos los hombres son mortales. Sócrates es hombres. Luego: Socrates es mortal”. En el mundo real los obstáculos, intereses en juego y estratagemas son también parte de la lógica (ya no formal) sino de la argumentación. Plantear una idea no es únicamente haber estudiado un asunto y haberlo resuelto perfectamente. Es mucho más que eso. Es un proceso en el que se deberá sortear diversos escollos para que la idea llegue a quien se quiere que llegue. Se abre allí todo un mundo complejo y, al mismo, tiempo, desafiante. No se debe temer a la humana voluntad de engañar, o de impedir la comunicación. Tampoco se debe moralizar, poniéndose uno como inmaculado. Así como el explorador que, estando en la selva, en lugar de juzgar los obstáculos de la vegetación, se abre paso entre ellos como parte de su rutina, así también quien desee abrirse paso a la argumentación habrá de tomar estos fenómenos como parte de la realidad. Detrás de las matas está el otro.

 

4. La argumentación estimula el pensamiento crítico

 

Ha sido estudiado que los regímenes totalitarios, ya sean gobernados por líderes sectarios o dictadores autocráticos, tienden a minar el pensamiento. Inciden en ello diversas técnicas (físicas, psicológicas y sociales), pero entre ellas, una de las más importantes consiste en vigilar todo atisbo de cuestionamiento, de duda, de falta de fe. La argumentación estimula lo contrario. Y no sólo porque propone el diálogo y busca sobreponerse a los escollos del habla en las relaciones cotidianas, sino porque nos enseña en que cada elemento dicho hay material que es posible cuestionar. Cuenta Carlos Vaz Ferreira que una estratagema común, (muy usada también en ventas) es la de formular preguntas complejas. Si usted pregunta: ¿Puedo venir mañana en la mañana o por la tarde?, por ejemplo, la pregunta es capciosa y usted caerá en la trampa si no la cuestiona. Nótese que, ya sea que se conteste con cualquier de las respuestas naturales (por la mañana o por la tarde), llevará implícito el asumir que la persona que pregunta (que puede ser un vendedor) podrá venir mañana (y no será rechazado). No sólo muchas personas se dejan intimidar incómodamente ante estas situaciones, sino que algunas, incluso, no advierten que su incomodidad se debe a una trampa argumental: a no tomar conciencia de que están en un brete causado por la propia pregunta. En la vida cotidiana existen diversas trampas argumentales, cuyo estudio me ha apasionado los últimos años. Pero no sólo implican un pequeño engaño, sino que también implican un malestar. ¿Cómo salir de él? Un primer paso es advertir que todo lo dicho (afrimaciones, preguntas, etc.), trae dentro de sí ciertas suposiciones, datos que están dados por obvios. Cuestionar estas “obviedades” es parte fundamental del pensamiento crítico. No se trata de criticar negativamente. Se trata de poder desmontar lo que las palabras dichas no dicen. Y poder notar estos elementos implícitos nos otorga mayor margen de decisión y accion. Se trata de ganar en libertad.

 

5. Saber argumentar nos hace más eficientes

 

En un curso ofrecido en una empresa, una Gerente me dijo, con mucha sensatez: “Me parece excelente todo lo que usted dice, pero se necesita demasiado tiempo y de eso yo no tengo”, a lo que le contesté; “Argumentar, por contrario, le ahorrará tiempo. Porque en su ajetreo cotidiano, al menos, le enseñará cuándo NO debe argumentar. Y, eso, créame, le ahorrará discusiones y algunos dolores de cabeza.” Ambos sonreímos, claro está, pero más allá de la anécdota o la respuesta ingeniosa, es imprescindible comprender que la argumentación, junto con la comprensión de los procesos de comunicación, es una herramienta que ahorra tanto tiempo, dinero y problemas. En los ámbitos laborales, esto es visible en los espacios de reuniones. (todo un capítulo aparte). No sólo desde el punto de vista del empresario, sino también desde el de los participantes, quienes muchas veces visualizan los intercambios como pérdidas de tiempo. No es algo nuevo. En la literatura retórica, argumentativa y política, hay vasta información acerca de cómo las personas pierden el tiempo, estiran los asuntos, provocan confusiones, se aburren soberanamente, o sencillamente boicotean los intercambios. Razones políticas, psicológicas y éticas están en juego. Ignorar la aridez del terreno es dejarse tragar por la arena. Poder moderar, tener estrategias de llevar los temas a las cuestiones centrales, etc., no sólo tiene un efecto positivo en la transmisión de ideas, sino también en la satisfacción de poder avanzar, resolver asuntos. En poder pensar más sin desperdiciar nuestros valiosos recursos, tanto en lo laboral como en los intercambios de la vida cotidiana.

 

6. Argumentar nos hace sensibles de la dimensión psicológica del juego de las ideas

 

Cicerón sabía que las palabras influían no sólo por su contenido; sino también por su musicalidad. Algo así como si la melodía del discurso fuese un mensaje inconsciente, capaz de decir al igual que el contenido. No profundizaremos en esto aquí, pero digamos que lo señalado abre la sospecha acerca de que hay mucho más en los procesos de argumentación que la mera expresión de las palabras (y de que esto ya era conocido desde muy antiguo). Persuadir, convencer. Se seduce no sólo con buenas ideas. Se engaña o se atrae también desde otros aspectos que acompañan al decir. Falacias, sofistas, sesgos cognitivos, lugares comunes, argumentos patéticos (que apuntan al pathos, esto es, a la emoción), pueden resultar nombres técnicos, estrafalarios o eruditos, pero son diferentes caras de un conjunto de fenómenos absolutamente necesarios de abordar: los efectos psicológicos. José E. Rodó decía que Kant podría ser un gran filósofo, pero su desapasionado discurso jamás podría mover tempestuosamente al cambio. Porque hay algo más que brillantes ideas y saber argumentar es también ser sensible ante este hecho. Las personas no somos completamente racionales, aunque tampoco completamente tontas o ilógicas. Oscilamos, tal vez, entre ambos extremos. Todos creemos tener buenas razones y obrar bien, pero en el juego argumentativo, la psiquis tiene sus dominios que impactan fuertemente en el modo en que las personas intercambiamos nuestras ideas, lo sepamos o no.

 

7. Saber argumentación nos previene de los engaños y las falsas promesas

 

Los engaños también se esconden detrás de promesas, de argumentos que son razones que prometen seguridad, poder, libertad, eficiencia, sagacidad crítica y psicológica. Todas estas promesas deben ser examinadas y puestas en cuestión: incluso aún cuando puedan venir presentadas como las bondades de estudiar argumentación. Saber argumentar es, también, saber dudar. No hay mejor profesor de argumentación que aquel que logra despertar la sospecha en sus alumnos acerca de todo lo que dice.

Es que el campo del intercambio de ideas, como ya he señalado, no es un campo de florecillas de colores. La filosofía, la política, el mundo laboral y el personal se mueven en un turbulento piso argumentativo. Ideas contrapuestas, errores, intereses en juego, trampas argumentales, juego sucio. ¿Qué queda del ideal del razonamiento? Mucho, si sabemos que, sea como sea, existen las reglas del juego. ¿Estas son absolutas o consensuadas? ¿Fijas o variables? No es menester entrar aquí en el tema (aunque es de vital importancia). Digamos solamente que todas las distorsiones y manipulaciones tienen una malla, una contención; y esta es la dimensión ética, esto es, al menos, las reglas del juego que nos permite conocer cuándo es necesario detectar trampa. Puesto que debemos dudar de todo, también necesitamos no dudar a veces. Y este juego de confianzas en intercambio necesitan un límite y ese límite es ético. Por eso prevenirnos de engaños es conocer las reglas del juego limpio. Y es allí cuando todo el estudio de las miserias del habla y del razonamiento cobra sentido: ellas son el terreno donde, como la pepita de oro, ha de buscarse algo de verdad.

 

 

 

© 2015 HoracioBernardo

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