¿Por qué es necesario cuestionar la cotidianidad?

Horacio Bernardo
Publicado en Revista Caras y Caretas. Columna, preguntas filosóficas. Abril 2011.

En general, se considera equivocadamente que la filosofía plantea preguntas o problemas abstractos que nada tienen que ver con el mundo de la vida o los hechos sociales concretos. Este mito es alimentado, en buena medida, por las imágenes rígidas con las que se representa a los grandes filósofos clásicos (estatuas, retratos idealizados, textos en lenguas muertas), así como también por el sistema educativo, que muchas veces presenta la disciplina como un conjunto de teorías o preguntas desconectadas del contexto histórico del que surgieron.

 

Sin embargo, la filosofía ha sido siempre un intento de proporcionar nuevas ópticas ante las preguntas y problemas con los que se enfrentan los hombres (cómo actuar en la vida, cómo conocer y obrar con la naturaleza, cómo desarrollar una sociedad justa, libre, etc.). Hoy en día, las ciencias y la tecnología han ocupado un papel central en el abordaje de los hechos y problemas naturales y sociales. Si bien las ciencias son instrumentos poderosos que, desde los siglos XVI y XVII, han operado en la transformación profunda del hombre y su relación con el mundo, éstas se desarrollan únicamente dentro de los propios objetos de estudio y límites que ellas mismas se imponen (principios, axiomas iniciales, paradigmas consensuados, etc.) Sin embargo la filosofía, como arte del preguntar, opera con métodos que, en afán de ir hasta la raíz de los problemas, permiten que todo presupuesto esté permanentemente en cuestión. Es así que para la filosofía tiene interés interrogar sobre aquello que aparentemente no tiene objeto de ser interrogado, aquello que es conocido y aceptado por todos, que se conoce como lo obvio o lo evidente.

 

Ahora bien, cuando conectamos las preguntas sobre lo obvio o lo evidente con el interés por pensar profundamente los problemas concretos de los individuos, se descubre que los problemas relevantes se encuentran detrás de un concepto fundamental y mundano: la cotidianeidad. Detrás de la aparente banalidad del diario vivir, se descubre un campo rico de análisis a partir del cual es posible transformar los problemas individuales y colectivos. ¿Qué es, por lo tanto, la cotidianeidad?

 

Veamos tres de los elementos de los que está compuesta. En primer lugar, la cotidianeidad se compone de acciones más o menos repetitivas que se practican con frecuente regularidad (rutinas y costumbres). En segundo lugar, de ciertas opiniones generales tenidas por verdaderas que resultan acordes con las acciones cotidianas, y que se dan por sobreentendidas (visión estándar, normal, o general de las cosas). Por último, de un conjunto de propósitos que se supone que hacen que esos actos y creencias repetidas tengan un sentido definido, o sea, la creencia de que todo ese conjunto de costumbres y opiniones tienen una razón de ser y que han sido elegidas por quien las practica.

 

Veamos ahora cómo opera el cuestionamiento de la cotidianeidad, a través de cada uno de estos tres elementos.

 

Las acciones cotidianas – La necesidad de cuestionar las acciones cotidianas se funda en que las actividades que se realizan reiterativamente se convierten en invisibles para quien las realiza. Esto es fácilmente comprobable en los hechos ordinarios. Por ejemplo, quien realiza mecánicamente una tarea repetitiva, es probable que luego de unos minutos pierda la conciencia efectiva sobre lo que está haciendo, distrayéndose en pensamientos y ejecutando la acción automáticamente. Del mismo modo, las actividades cotidianas, al repetirse a través de los días, meses o años, desaparecen de la atención y del  raciocinio crítico. Así, rutinas, costumbres y hábitos, pasan a formar parte de los mecanismos sobre los que se deja de pensar como algo relevante. Este efecto de “estar sedado” ante la repetición, provoca al menos, las siguientes consecuencias: se pierde parámetros para determinar si las acciones actuales son adecuadas, si son las mejores posibles o si son beneficiosas o perjudiciales.

No obstante ello, existe un peligro adicional, y es el de creer que se puede justificar la cotidianeidad rutinaria por el solo hecho de haberla repetido muchas veces. Este efecto fue denominado por Carlos Vaz Ferreira en “Lógica Viva” como ilusión de la experiencia. Dicha ilusión opera en tres etapas. En primer lugar, se comienza a tener una costumbre, amparándose en la creencia de que es buena o adecuada, pero sin tener confirmación plena de ello. En una segunda etapa, y y una vez transcurrido un tiempo considerable, la costumbre pasa a convertirse en natural para quien la practica, generándole “experiencia” sobre hechos de los que nunca ha tenido certeza ni confirmación de sus fundamentos. Por último, esta “experiencia” se convierte en fundamentación que parece ser legítima, pues lo que se ha hecho durante años aparenta ser verdadero, eficaz, o inclusive motivo de orgullo. De este modo, lo repetitivo, al no ser cuestionado, se perpetúa, independientemente de lo beneficioso o perjudicial que sea.

 

Las opiniones mayoritarias o universales – Las acciones cotidianas están acompañadas, asimismo, de creencias u opiniones que los individuos no se cuestionan diariamente por, al menos dos motivos: porque es necesario creer que se tiene seguridad sobre las cosas inmediatas y porque sería imposible vivir la cotidianeidad preguntándose constantemente por todo. Sin embargo, a pesar de estos dos motivos razonables, la necesidad de preguntar por las opiniones más arraigadas se funda en que, muchas veces, la opinión mayoritaria o el sentido común encubre, en el fondo, la verdad de unos pocos. Esto quiere decir que aquello que se conoce como opiniones generales, mayoritarias o verdades que tenemos por ciertas en la vida diaria, pueden esconder arbitrariedades o afirmaciones ignorantes repetidas hasta el hartazgo.

Este hecho fue advertido de manera irónica en el siglo XIX por el filósofo alemán Arthur Schopenhauer. En su libro “Dialéctica Erística” señaló que las opiniones universales, más comunes, o basadas en autoridades, en general no eran más que verdades pensadas por unos pocos que luego, con el tiempo, por ser repetidas por muchos, llegaban a convertirse en opiniones mayoritarias sin fundamento. Al respecto, afirma Schopenhauer: “Lo que se conoce como opinión universal es, examinándola con precisión, la opinión de dos o tres personas. (…) Fueron dos o tres personas quienes primero la supieron o enunciaron y afirmaron y que, benévolamente, creyeron que la habían examinado a fondo. (Esto) indujo, en principio, a otros tantos a aceptar también esta opinión; a éstos les creyeron otra vez muchos más: aquellos a los que su indolencia les sugirió que era mejor creerlo enseguida que andar haciendo trabajosas comprobaciones. (…) Los restantes se vieron obligados a admitir lo que era aceptado en general. (…) A estas alturas, el consenso se convirtió ya en deber.”

 

El sentido de lo cotidiano - ¿Cuál es el proyecto de vida que hace que cada individuo sostenga un conjunto de actividades y creencias cotidianas y no otro? ¿Es el individuo el que elige ese proyecto? Estos planteos, que unen los aspectos más íntimos de la cotidianeidad con las relaciones sociales, han sido tratados, desde distintas ópticas, por pensadores del siglo XX como Martín Heidegger, Jean Paul Sartre o Michel Fouacult (entre muchos otros). La necesidad de cuestionar el sentido de la cotidianeidad, el ¿para qué? de lo que se realiza y piensa diariamente, se funda en que detrás de la invisibilidad de las rutinas, y escondidos en las opiniones evidentes y verdaderas, los individuos se hallan vulnerables ante mecanismos sutiles de poder. Así, la vida cotidiana transcurre en un conjunto de espacios e instituciones que, de no ser cuestionados, favorecen que ese poder permanezca operando del mismo modo. Rutinas escolares, disciplinas laborales, indicaciones médicas, reglas de convivencia familiar y social, normas morales, etc. forman parte de la constante relación de la cotidianeidad con las instancias de poder. Quien no sea capaz de cuestionar los múltiples actos y espacios por los que transita su vida, corre riesgo de quedar atrapado en un sinnúmero de poderes, reglamentos, deberes, imposiciones y órdenes sutiles que distorsionarán el sentido de hasta los actos más mínimos de su existencia.

 

Por todo lo dicho, y ante la pregunta inicial, puede responderse que al visualizar críticamente los actos, las creencias y los motivos por los que se actúa en la vida cotidiana, se obtienen herramientas para comprender esta última y, fundamentalmente, para poder vislumbrar los caminos para modificarla. Esto es, en definitiva, un aspecto indispensable de la libertad.

 

 

 

 

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