Es cierto porque soy pobre

Horacio Bernardo
Publicado en Revista Relaciones. Marzo 2015.

En algunas ocasiones funciona la fórmula “es mejor quien tiene menos”. Es que, en cuestiones de argumentación, a veces resultará más creíble quien aparente menos: menos estudios formales pagos, menos posesiones materiales, menos contactos de nivel socioeconómico alto. Carecer puede ser la forma en que nuestras afirmaciones, aunque sean un poco absurdas, resulten más carismáticas y convincentes. Observemos un poco más este asunto.

 

Una falacia es un razonamiento que parece estar bien construido cuando, en realidad, oculta algún error o, en algunas ocasiones, mala intención (en ese caso se llama también sofisma). De entre todas las falacias una de ellas es conocida como “apelación a la pobreza”, la cual consiste, a grandes rasgos, en creer erróneamente que algo es cierto porque quien lo afirma es pobre.

 

No es absurdo ni difícil caer en este error. Usted podría perfectamente creer que los métodos de cuidado de enfermos de la Madre Teresa son muy adecuados para patologías graves (sin exigir más razones) sólo por el hecho de que le conmueve que quien los ha practicado se ha entregado a una vida de extrema austeridad. O, de entre dos candidatos, podría resultarle más cercano a las verdaderas necesidades del pueblo aquel que muestre poseer menos bienes materiales. O, entre sus amigos, acaso podría prestarle más atención a las experiencias de vida de alguien que no nació con “la vida resuelta” porque “la luchó de abajo”. Esto no significa necesariamente que los métodos de la Madre Teresa sean erróneos, ni que la pobreza encubra engaño siempre. Tampoco es menester aquí juzgar a quien admite este razonamiento como prueba válida. Lo importante es estudiar el mecanismo que hace poderosa a esta falacia, porque de allí puede extraerse información útil para la vida cotidiana. En tal sentido interesa responder por qué esta falacia puede generar convencimiento, aún más que varias buenas razones. La respuesta puede encontrarse en nuestra tradición cultural, o en la pobreza asociada al bien.

 

No casualmente la apelación a la pobreza es conocida también como “argumento ad lazarum”, en alusión al Nuevo Testamento (Evangelio de San Lucas). Es que, culturalmente, estamos tentados a seguir esta línea de razonamiento: ”Quien es pobre, es bueno. Luego, quien es bueno dice la verdad. Entonces, quien es pobre ha de decir la verdad.” En resumen, este encadenamiento de razones nos llevaría a pensar que algo es verdadero porque quien lo dice es pobre.

 

Si se analiza lo anterior es muy fácil advertir que la conclusión es absurda, porque no está probado que todos los pobres sean buenos, o incluso que ser bueno implique siempre decir la verdad (se puede mentir por excelentes y humanitarias razones). Sin embargo las falacias no operan a nivel de lo obvio, de lo que cualquiera podría advertir como falso. Si así fuera no tendría gracia hablar de ellas. El encanto está en el poder de la sutileza. Debemos profundizar aún más.

 

Las personas medias hemos sido educadas para ver la pobreza como una situación de sufrimiento y es, justamente, en el sufrimiento donde radica la sutileza que hace más fuerte a la falacia. Quien sufre se coloca, moralmente, en un plano de superioridad respecto al que no ha sufrido. La madre abnegada que renuncia a sí misma y cuida sin descanso de sus hijos o de los enfermos está moralmente forjando un lugar de poder ante otros que no han pasado tales sacrificios. Quien sobrevivió a las torturas de un régimen autoritario se coloca, ante aquellos que no las han padecido, en un sitial de difusa superioridad. “Yo he sufrido más que usted. Yo estoy más cerca de la verdad que usted.” La pobreza, entonces, como caso particular de sufrimiento, da poder a la falacia para que esta pueda operar. La clave está en mostrar ambos elementos: carencia material y sufrimiento. Carencia material para estar cerca de la verdad. Sufrimiento para adquirir el poder moral de ejercerla ante otros.

 

En otras palabras, su naturaleza cala hondo en los valores heredados y que de ninguna manera pueden ser comprendido únicamente desde el punto de vista racional en el momento de la acción. Quien desee servirse de estos artilugios deberá tomar conciencia de algo de lo que carezca y que posean sus adversarios. Luego deberá implicar algún grado de sufrimiento que la contraparte no haya padecido. Y luego deberá observar la reacción de un tercero, espectador ya no de razones sino de la “diferencia moral”. Si se practica sutilmente, no será difícil que el tercero observador se sienta tentado a apoyar al sufriente, al pobre, al carente. Porque hemos sido entrenados para ello. Y por eso, en cuestión de palabras, a veces es mejor quien menos tiene, aunque a todas luces pueda ser una estratagema o una flagrante hipocresía.

 

© 2015 HoracioBernardo

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