La falacia de los falsos consuelos

Horacio Bernardo
Publicado en Revista Relaciones. Junio 2015.

Una falacia es un razonamiento que parece estar bien construido pero que, en su naturaleza, esconde algún tipo de falla o distorsión que nos lleva al error. Estas falacias afectan nuestra vida cotidiana y es a través de su estudio que, en buena medida, las podemos llegar a neutralizar. La "falacia de falsos consuelos" (nombre que he tomado de J. Bentham), consiste en desviar la atención de un problema, señalando la existencia de situaciones peores. En términos coloquiales, significa participar de lo que afirma el refrán: “mal de muchos, consuelo de tontos”, esto es, justificar que algo debe ser correcto, o tolerable o normal, sólo porque hay casos peores o personas que están en peor situación. Veamos cómo opera esta falacia, y por qué motivos no es necesario ser tan “tonto” para caer de estos razonamientos erróneos o mal intencionados.

 

Hace poco, durante un curso de argumentación en el que estaba exponiendo esta falacia, un participante comentó acerca de un vendedor de una inmobiliaria que intentó convencerlo de que era una gran oportunidad comprar un apartamento en notorio mal estado y a un precio elevado. Para justificar su sugerencia, le narró casos de otros clientes que habían aceptado comprar propiedades peores a precios más altos. En esa situación, el vendedor pretendió persuadirlo de que la compra no sería mala con un "falso consuelo", esto es, con historias de otros que habían concretado compras peores. Otro caso: recientemente un amigo me comentó una situación laboral. Un conjunto de empleados reclamaban que se contratara más personal para su área porque enfrentaban serias incomodidades, quejas y sobrecargas. Ante ello, la jefatura alegó que no era posible y presentó como razón que había otras áreas en peores condiciones (brindando detalles lastimosos), por lo que los empleados debían concientizarse de que no estaban en una situación tan negativa. En este caso, se utilizó un "falso consuelo" como razón infundada de la negativa a una solicitud en base a otros padecimientos peores de otros empleados. Tercer caso (aunque más general): las noticias. Es muy común ver a diario cómo se manipula el modo de presentar las cifras para decirnos que no estamos tan mal ¿Nuestro país está bajo en el PBI o ha crecido las tasas de desempleo, inseguridad o pobreza? Posiblemente no esté tan mal si se lo mira en relación a la región. ¿Y si lo está de todos modos? Podría probarse compararlo con el conjunto de América Latina, o podría presentarse los datos luego de haber advertido sobre la situación catastrófica en Nepal o Haití. La percepción de los hechos no es independiente del contexto y nuestras conclusiones pueden ser falaces. Podríamos llegar a creer, en algunas circunstancias, alguna consoladora conclusión: estamos bien por la sencilla razón de que otros están peor

 

¿Por qué es posible este tipo de argumentos? ¿Por qué tiene poder de convencer, incluso a personas preparadas e inteligentes? Debemos señalar que no es arriesgado sugerir que todos hemos empleado esta falacia o caído en estos vicios y confusiones alguna vez. De nada sirve moralizar o juzgar a quienes usan estas estrategias o a quienes se dejan seducir por ellas. Más productivo es, sin embargo, desentrañar la naturaleza de la falacia, para descubrir en qué se funda su poder persuasivo. No se trata de una falacia sencilla. Para descubrir su esencia, la clave no debe explorarse en la lingüística ni en la lógica, sino en la matemática simple: como veremos, todo es cuestión de promedios.

 

Exploremos el tema con más detalle. Tenemos la tendencia razonable a juzgar la normalidad de un objeto o hecho en base a su posición respecto del promedio de alguna de sus características relevantes. A partir de allí juzgamos si una situación es buena o crítica, ventajosa o desventajosa. Por ejemplo, se puede evaluar si las habilidades motoras de un niño de 2 años son normales si está dentro del promedio en base a haber medido un número considerable de niños de esa edad. También puede decirse, "este niño es muy hábil para su edad" o "está por encima de lo normal" y sería válida la afirmación de la buena situación, porque el caso se mide contra un patrón razonablemente objetivo y estable, que es el promedio estudiado en base a un número considerable de casos. Pero en la vida cotidiana no tenemos información estadística para promediar todas nuestras decisiones y, en general, nos basamos en muestras y promedios imperfectos (estudiar estos fenómenos le ha valido un Premio Nobel al psicólogo Daniel Kahneman). Por ejemplo, para juzgar si un perfume tiene un precio normal o acorde a los de su calidad, no tenemos a mano estudios de mercado, y evaluamos el precio en relación a otros productos similares que vemos en la tienda al momento de la compra, a través de una vaga e intuitiva idea de promedio. Pero con este modo de razonar, lo único que podemos deducir es la normalidad de lo evaluado en relación a lo comparado (algo está por encima o por debajo del promedio de estos perfumes concretos), pero nada sabemos acerca del precio normal de un perfume en relación a una muestra más amplia con márgenes de error mínimos.

 

Pero si deducir la normalidad de las cosas en base a parámetros intuitivos sobre pocos datos es complejo, deducir más allá de esa normalidad es entrar en terrenos fértil de falacias. El hecho de que algo sea caro, o de que un país tenga un buen nivel de seguridad, o de que usted pueda afirmar que tiene un buen trabajo y una familia estable, dependerá de valores razonablemente objetivos de comparación (puede ser un monto fijo, o un estándar de calidad definido, o un parámetro sociológico, o un promedio definido entre el universo de lo analizado). En la vida cotidiana estos datos no están disponibles y nos basamos, en general, en la comparación de objetos o personas que están a nuestro alrededor. Pero esos datos nos permiten evaluar poco. El promedio intuitivo o en base a pocos datos comparados no permite, por ejemplo, deducir que algo es caro o barato, pues sería absurdo decir un día que un cuadro de Picasso es barato sólo porque se lo ofrece junto a cuadros de Van Gogh, y al otro día decir que el mismo Picasso es caro porque se lo ofrece junto a los de un artista emergente. Del mismo modo, usted no es más exitoso por estar junto a personas desdichadas, o menos exitoso por estar entre personas profesionalmente destacadas. Sin embargo caemos en estas comparaciones y a sabiendas de este hecho, es conocido, que una estrategia de marketing es hacer parecer un producto más barato incluyendo otros más caros a su alrededor. En resumen, toda conclusión que se base en promedios intuitivos y que no concluya sobre estrictas cuestiones de normalidad dentro de lo efectivamente comparado, está sujeta a ser falaz, pues para juzgar otras cualidades debe tomarse un parámetro fijo y no un frágil promedio. Un cuadro de Picasso será caro respecto a mi bolsillo, o al número de años que deberé trabajar para adquirirlo, o respecto al conjunto de cuadros de pintores cubistas. Usted será más o menos exitoso en base a parámetros de realización o de sus objetivos. Sería peligroso confiar en promedios extraídos simplemente de lo que se aparece en el momento.

 

Estas percepciones imperfectas inevitables en la vida cotidiana, sin embargo, son las que pueden explicar la falacia de falsos consuelos en un hecho simple: la movilidad del promedio intuitivo. El promedio intuitivo es un parámetro móvil, manipulable, y depende de los elementos que escojamos para promediar. Un adolescente de 16 años puede ser mediocre frente al promedio de los estudiantes del país, pero excelente respecto de los peores estudiantes de su barrio. Por lo tanto, decir que algo es correcto, o bueno, o que es caro, o que alguien es afortunado, inteligente, o tiene una buena vida en base al promedio de ciertos objetos o personas que nos vienen a la mente es exceder lo que el promedio nos puede decir. O tergiversar los datos para demostrar que no se está tan mal.

 

La falacia de "falsos consuelos" opera a través de estas conclusiones imperfectas de nuestros promedios cotidianos, llevando la confusión a un grado mayor. Al incluir personas o situaciones que poseen peores condiciones en la característica a evaluar, se logra que mentalmente, se nos forme un promedio intuitivo en el que nuestra situación quede mejor posicionada. En tal sentido, por ejemplo, un objeto de mala calidad no parecerá tan malo si se evalúa junto a objetos cuya calidad es peor. El hecho de que haya otros peores le hace parecer mejor, sólo en comparación de un promedio intuitivo realizado con la información disponible. El "falso consuelo" implica, por lo tanto, no modificar nada sustancial de la situación ni del objeto ni de las personas evaluadas; sólo se trata de mover el parámetro de medición.

 

Por eso, la forma de evitar estas confusiones es relativamente sencilla (aunque, como hemos visto, algo compleja de desentrañar): evitar los promedios intuitivos o la evaluación en base a comparaciones momentáneas y, en su lugar, elegir criterios directamente relacionados con el asunto a evaluar. Cuando alguien le intente convencer de que su situación es ventajosa planteándole otras peores, debería llevar la conversación hacia parámetros más estables, sobre la situación o cosa concreta, sobre los que haya datos, o sobre los que se pueda ver la situación en sí, sin compararla. Si le intentan vender un apartamento diciendo que hay otras personas que han comprado otros peores, y de repente siente que eso le remueve algo y le provoca la ansiedad de aprovechar una ganga, recuerde que los parámetros de decisión están en el apartamento (y no en otros compradores). Si el jefe le dice que no es posible contratar más personas y que otras áreas están peor, sería bueno exigir razones acerca de la situación financiera de la empresa (y no del sufrimiento ajeno). Y cuando observe las noticias no crea en todos los datos que le muestran: los hechos son objetivos, pero la forma de definir, seleccionar, interpretar y presentar los hechos nunca lo son.

 

Una falacia es un razonamiento que parece estar bien construido pero que, en su naturaleza, esconde algún tipo de falla o distorsión que nos lleva al error. Estas falacias afectan nuestra vida cotidiana y es a través de su estudio que, en buena medida, las podemos llegar a neutralizar. La "falacia de falsos consuelos" (nombre que he tomado de J. Bentham), consiste en desviar la atención de un problema, señalando la existencia de situaciones peores. En términos coloquiales, significa participar de lo que afirma el refrán: “mal de muchos, consuelo de tontos”, esto es, justificar que algo debe ser correcto, o tolerable o normal, sólo porque hay casos peores o personas que están en peor situación. Veamos cómo opera esta falacia, y por qué motivos no es necesario ser tan “tonto” para caer de estos razonamientos erróneos o mal intencionados.

 

Hace poco, durante un curso de argumentación en el que estaba exponiendo esta falacia, un participante comentó acerca de un vendedor de una inmobiliaria que intentó convencerlo de que era una gran oportunidad comprar un apartamento en notorio mal estado y a un precio elevado. Para justificar su sugerencia, le narró casos de otros clientes que habían aceptado comprar propiedades peores a precios más altos. En esa situación, el vendedor pretendió persuadirlo de que la compra no sería mala con un "falso consuelo", esto es, con historias de otros que habían concretado compras peores. Otro caso: recientemente un amigo me comentó una situación laboral. Un conjunto de empleados reclamaban que se contratara más personal para su área porque enfrentaban serias incomodidades, quejas y sobrecargas. Ante ello, la jefatura alegó que no era posible y presentó como razón que había otras áreas en peores condiciones (brindando detalles lastimosos), por lo que los empleados debían concientizarse de que no estaban en una situación tan negativa. En este caso, se utilizó un "falso consuelo" como razón infundada de la negativa a una solicitud en base a otros padecimientos peores de otros empleados. Tercer caso (aunque más general): las noticias. Es muy común ver a diario cómo se manipula el modo de presentar las cifras para decirnos que no estamos tan mal ¿Nuestro país está bajo en el PBI o ha crecido las tasas de desempleo, inseguridad o pobreza? Posiblemente no esté tan mal si se lo mira en relación a la región. ¿Y si lo está de todos modos? Podría probarse compararlo con el conjunto de América Latina, o podría presentarse los datos luego de haber advertido sobre la situación catastrófica en Nepal o Haití. La percepción de los hechos no es independiente del contexto y nuestras conclusiones pueden ser falaces. Podríamos llegar a creer, en algunas circunstancias, alguna consoladora conclusión: estamos bien por la sencilla razón de que otros están peor.

 

 

 

 

 

 

 

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