Globos

Horacio Bernardo
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Sí, el accidente fue culpa mía. Yo me encontraba tan triste, con los brazos apoyados sobre el marco de la ventana y desde mi dormitorio en el octavo piso se me ocurrió la idea. Yo fui, lo confieso, hasta la tienda de cotillón, compré mil globos, en paquetes de a cien, porque estaba tan triste, y con un inflador viejo de algún cumpleaños de quince de quién sabe quién entré a entusiasmarme. Si usted viera, un hombre de más de cincuenta años y más de treinta de servicio, divorciado, sin hijos, si usted se imaginara la alegría de darle a ese inflador y tener el departamento lleno de globos de colores deambulando lentos, tontos, de a breves tumbos como átomos chocando por el living, el escritorio, la cocina, sin respetar ni puertas ni mis pasos como pequeñas pataditas, qué alegría, privada alegría, y yo me dije, haría estas cosas siempre si tuviese la imaginación suficiente.

 

Pero no la tengo, y no crea, soy un hombre de bien, pero las canas a veces se llevan la alegría, y la alegría el entusiasmo, y sin entusiasmo no hay ideas. Pero ese día abrí las ventanas, y los primeros globos salieron solos desde el dormitorio y se perdieron por la calle Maldonado hacia la Ciudad Vieja en dirección del viento. Fue mi culpa, pues era un día transitado. Yo estaba entretenido echando los globos, escuchando como venían desde abajo los ladridos de los perros, las risas felices y chillonas de las niñas de la escuela a dos casas de distancia, y ni lo advertí. Yo era tan feliz, no sé cómo explicarle, yo quería mirar a hurtadillas las caras sorprendidas de la gente caminando hacia el trabajo o la panadería. Era yo, secretamente, el artífice de aquel milagro colorido. O bueno, tal vez era simplemente un hombre solo haciéndose mayor.

 

Podría haberme ocultado completamente, aunque habría sido difícil, o sólo fingir que el conductor había tenido toda la culpa. Pero entienda bien, no soy un psicópata, ni un demente. Yo no pensé que el conductor iría tan rápido, y me arrepiento tanto, señor, que merezco la pena. Las niñas salieron justo en ese momento corriendo detrás de los globos, y yo estaba allí tan lejos, tan feliz. Comprendo, sí, el conductor, señor, claro que fue un milagro que las niñas se salvaran y que al esquivarlas el auto se diese contra el árbol en un choque menor. Comprendo que el juicio de un hombre se mide por su capacidad de medir consecuencias. Pero es que yo las he medido toda mi vida, yo simplemente estaba con los brazos recostados sobre la ventana, y estaba tan triste, tan estúpidamente abatido, que a uno se le pega la estupidez, de viejo, ¿vio?, cuando uno se cansa y se olvida que ya no se está para esos trotes.

 

© 2015 HoracioBernardo

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