Historia de fin de año

Horacio Bernardo
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El Gerente Underwood da vuelta a la última de las pequeñas hojas de su almanaque de escritorio. Debería decir, “qué rápido se pasó el año” pero no emite sonido. Mira con complicidad inquietante al encargado contable, el Sr. Remington, quien asiente levemente, gira la hoja correspondiente al 31 de diciembre y observa a la señorita Olivetti, quien sonríe dejando entrever los pliegues de su rostro de sesenta años. “-Algún día me iré de aquí –había dicho cuando joven.” Pero eso no ocurrió. Nunca nadie se va de aquí.


Desde la ventana puedo ver la Bahía de la Tempestad, la Bolsa de Valores y la cúpula de la Gran Fábrica de los Billetes. Estoy sentado en el mismo escritorio del quinto piso desde la época en que la contabilidad se registraba en hojas de columnas enormes. Hoy todo es distinto, pero la oficina se había detenido en el tiempo del reloj circular de la pared. “-No piense más –dice en voz baja el Sr. Remington al pasar hacia la fotocopiadora-. ¿Por qué no se une a nosotros?” Antes de poder comprender, la señorita Olivetti constata que es mediodía y abre la ventana. Entra el aire caliente y ventoso del verano, el bullicio de la vereda y, a lo largo de las ventanas de la calle Parker, los oficinistas comienzan a arrojar las hojas de los almanaques. Decenas, cientos, miles de hojas. De días. Entonces al Gerente Underwood se le enciende el corazón, se levanta y quita las hojitas de su almanaque. “-Haga lo mismo –me ordena el Sr. Remington-. Apróntese. Nos vamos de acá.”

 

Sin entender demasiado, quiso el viento que iba rumbo a la Bahía de la Tempestad que se levantase un torbellino de papeles y que el aire de la calle Parker se llenara de hojitas arremolinadas. Fue allí que el Gerente Underwood arrojó sus hojas por la ventana y luego, sin más preámbulo, saltó. Iba a reaccionar pero al ver que el Gerente se perdía en el remolino de miles de papeles que, como una alfombra caótica, lo llevaban por el aire calle abajo me detuve. “-Qué bárbaro –dijo festejando entusiasmado el Sr. Remington”. Se acomodó en el umbral de la ventana y arrojando sus papeles saltó perdiéndose entre risas entre el tumulto de pequeños días. Entonces la señorita Olivetti me tomó de la mano y dijo “-Es ahora. Arriésguese.”, y como el deseo de sus ojos era tan intenso logró convencerme, y tirando papelitos nos arrojarnos desde el quinto piso, y nos dejamos atrapar por el festival de hojitas llenas de anotaciones, de fechas, de reuniones. Apenas vi su rostro mientras el viento nos llevaba más allá de la Avenida de la Partida Doble y la Plaza de las Conciliaciones, hasta que supimos que estábamos lejos y que habíamos abandonado la ciudad. “-Los papeles viajan siempre en sentido horario –dijo la señorita Olivetti intentando hacerse escuchar-, porque el año no pierde vigencia en dirección horaria. No sé a dónde iremos, pero vamos a dar una vuelta al mundo. Soy tan feliz.”. Así, entre el enjambre de papeles, atravesamos el Gran Océano, llegamos a otros continentes y vimos la línea de los ríos. Era siempre de día, pues avanzábamos con el sol sobre el planeta en este 31 de diciembre larguísimo. Cerré los ojos y me perdí en la brisa fuerte de un día que no terminaba nunca. Pero al abrirlos volví a sentir el frío del aire acondicionado. El reloj circular de la pared marcaba las once. Desde mi ventana podía ver la Bahía de la Tempestad, la Bolsa de Valores y la cúpula de la Gran Fábrica de los Billetes. En ese instante, el Gerente Underwood da vuelta a la última de las hojas de su almanaque de escritorio mientras dice, “qué rápido se pasó el año”.

 

© 2015 HoracioBernardo

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