Historia del gran centro comercial

Horacio Bernardo
.

Las luces del Gran Centro Comercial brillaban entre la música funcional y el andar monótono de las escaleras mecánicas. No tenía adónde ir, y huyendo del silencio de mi soledad, opté por el bullicio del gentío que se perdía en aquel laberinto de colores y anuncios que se asemejaban a la felicidad. El Gran Centro Comercial era un orgullo moderno de la ciudad, un mega-emprendimiento que había transformado un edificio que había sido un convento, luego manicomio y luego una cárcel. “-Es la ley natural del cambio –dijo el Ministro mientras cortaba la cinta”, y luego prometió que el emprendimiento sería estable para los inversores, que generaría empleo y que duraría muchísimos años.

 

Desde ese entonces, no era la primera vez que deambulaba por sus pasillos buscando respuestas, pero esta vez algo había cambiado. Entre las gente que paseaba con bolsos y niños, un poco hacia la izquierda y con una leve inclinación hacia abajo, vi una esquina que conducía a un pasillo que no había visto antes. Creí que se trataba de un nuevo sector, y no teniendo más cosa que hacer, doblé por el pasillo siguiendo por una galería de luces perfectamente en fila, y doblando por un recodo angosto llegué a una galería sin relojes ni ventanas, de luces tenues y tiendas vacías, en un sendero desolado que se perdía a lo lejos. “-Amigo, disculpe que lo moleste –dijo un hombre elegante y bigote fino provocándome un leve sobresalto-, muy pocos llegan aquí. Usted no vino a comprar. Usted vino a olvidar. ¿No es cierto? No tenga miedo; venga por aquí.” Me sentí algo tenso pero antes de que pudiera dudar me dijo que se llamaba Uriel, me tomó del antebrazo con delicadeza y habló de su tienda, de lo novedoso de sus prendas y sus pasos llevaban a los míos como si me transportara en una cinta mecánica. Entonces subimos escaleras, bajamos otras, y atravesando un portal oscuro llegamos a la tienda más iluminada que había visto jamás. “-¡Voilà! –exclamó con un ademán que modificó con elegancia los pliegues de su camisa aguamarina-. Bienvenido a Fraternidad”. Entramos a un gran salón donde unas pocas señoras extrañamente bellas miraban y estudiaban las prendas que eran exhibidas y caminamos entre los tapados, los trajes, los pantalones, los vestidos con pasos silenciosos de alfombra. En una de las paredes un anuncio mostraba a un hombre que volaba feliz entre los edificios de una lejana ciudad europea con una sombrilla hecha de corbatas de colores; un enjambre abierto de corbatas a rayas, a lunares, con arabescos rojos, con flores como jarrones chinos, con minúsculas espirales amarillas, o con dibujos de maracas apenas perceptibles, líneas con color de arcoíris, o con una divertida trama de pequeños pianos sobre ruedas. “¡Oh, sí! –decía el anuncio-. Todos deseamos libertad. En eso consiste nuestra igualdad. Tienda Fraternidad”.

 

“-Amigo mío, -dijo Uriel entusiasmado ofreciéndome una pequeñísima taza de café-, ¿no es maravillosa mi tienda? Donde muchos ven frivolidad yo veo ciencia. Es la ciencia de la costura la que ha intentado por años engañar al ojo para resaltar la figura humana. Una divina curvología, ¿no lo cree? Crear menos cintura para las damas, más hombros para los caballeros, que menos pancita, más cola, ah, un exquisito arte del engaño. Exquisito, pero limitado. Por eso mis prendas van más allá. No engañan: crean experiencia. Los cortes están minuciosamente diseñados para estimular puntos específicos del cuerpo al andar, de modo de provocar alegría, o fortaleza, o autoestima. Crean felicidad. La ciencia de la costura es una terapéutica del alma.”

 

Esbozó una sonrisa y luego, frunciendo la boca con solemnidad, llamó a una asistente con delicado chasquido, y al instante la señorita trajo una camisa finísima en una percha transparente. “-Ahora, he decidió dar un paso más. Vamos –me animó fervorosamente mientras me conducía a uno de los probadores-, usted será el primero en probar esta camisa; mi última creación. Piérdase en su trama delicada. El diseño de líneas verticales y horizontales en tonos de grises en algodón egipcio sobre un fondo blanco, mezclados con delgadas hebras de seda verde petróleo en líneas simétricas con finas espirales de lino crudo, crea el efecto óptico de hacer aparecer pequeños espacios grises donde la pupila debería ver blancos, al tiempo que las espirales crean un espacio de profundidad indefinida, provocando un efecto sedante e hipnótico en quien se detiene a verla. Pruébesela.” Entonces esbozó una sonrisa entusiasmada y tomándome de la mano me llevó a través de una de las puertas auxiliares. Y dejándome solo frente a un espejo me coloqué la camisa, y estaba a punto de perderme extasiado en la trama de cuadritos negros que aparecían y desaparecían en el artificioso estampado a cuadros cuando escuché una voz que provenía de algún otro lugar de la tienda. Una voz que luego fue un llamado. Y no viendo a Uriel ni a otra persona salí del probador y escuché la voz con mayor claridad. Era una mujer que pedía ayuda. Recorrí un pasillo vacío hasta que llegué frente a la puerta entornada de una sala-probador, y entrando hallé a una mujer de espaldas frente a un espejo. “-Uriel –dijo aún enfrascada con un cierre en la espalda-, no puedo desabrocharme el vestido”. Y fue verla allí con su vestido hecho de líneas finas de infinito zigzag carmín, diminutos círculos rojo con bordes grises que brillaban a través del espejo y se entremezclaban con agudos picos de color de perla, que no pude evitar entrar en un inexplicable estado de embelesada excitación. Entonces ella se dio vuelta y sus ojos quedaron perdidos al verme, sus pupilas se perdieron extasiadas en una deliciosa profundidad y ambos, inconscientes, permanecimos en silencio, mirándonos entre las prendas que colgaban de los estantes y me acerqué a ella, nos besamos entre los rollos de satén que sobresalían junto al chiffon, y sentí fuego de zigzag y ya no importaba nada, no había tristeza ni soledad, le quité el vestido al tiempo que ella me quitaba la camisa, y ya casi estando contra una de las paredes entre los paños de lino nos vimos nuevamente y todo volvió a ser de pronto una sala-probador. “-¿Quién es usted? –preguntó extrañada”. “-Sin ropa, no sé –contesté”. Entonces, viendo la vergüenza que le recorría el cuerpo semidesnudo, la ayudé a cubrirse advirtiendo que en uno de sus hombros tenía un hermoso lunar en forma de “ere”. Sonriendo ante la locura, ambos nos pedimos perdón y decidimos abandonar juntos tan singular tienda. Emprendimos el camino de regreso atravesando el portal oscuro, la galería de tiendas semivacías y los pasillos infinitos hasta que volvimos a la sección principal del Gran Centro Comercial. Entonces quise preguntare el nombre, pero al girar el rostro para verla a mi lado sólo distinguí el enjambre de gente que pasaba con bolsos y niños. Creí que había desaparecido a través del extraño pasillo por el que habíamos llegado pero el pasillo ya no estaba alli, y en su lugar solo había una tienda de zapatos. Entonces, confundido, comprendí que siempre había estado solo mientras continuaba deambulando por las hipnóticas tiendas de colores del Gran Centro Comercial.

 

 

© 2015 HoracioBernardo

Web: CalabProd