No leas para ser culto

Horacio Bernardo
Publicado en Revista Relaciones. Abril 2015.

No leas para ser culto; el conocimiento no se acumula. No te dejes engañar por las apariencias. Las bibliotecas estarán allí con la permanencia omnipotente de los monumentos, las obras veneradas volverán a editarse como si nunca hubiesen desaparecido, la cultura se instalará con la engañosa presencia de un recuerdo imperecedero, pero la permanencia que importa no es la de los papeles ni la de los edificios. La que verdaderamente importa es la que podrás conservar dentro  de la biblioteca de tu memoria y esa, querido mío, se difuminará y desdibujará con el tiempo. Dentro de cinco años recordarás poco, muy poco de lo que hoy podrías ufanarte de conocer a la perfección o, con suerte y ahínco, te convertirás en uno de esos señores cuya memoria y erudición inútil podría entretener a los curiosos o ganar premios en los concursos de preguntas y respuestas. No te conviertas en eso. Nadie quiere convertirse en eso, a no ser aquellos desgraciados que no tienen más forma de demostrar su valía que a través de la cantidad de cosas que saben.

 

No seas como aquel personaje de una novela de Sartre que leía los libros en orden alfabético para así conocerlos todos. Tampoco leas para abarcar todas aquellas regiones de conocimiento que te harían quedar bien parado en una reunión de gente culta. No digo que estas acciones no te reporten beneficios; claro que te los reportarán y en alguna medida deberás hacer concesiones. Pero si principalmente actúas así, tarde o temprano volverás a tu casa con la desazón del sinsentido, como la del deportista exhausto de entrenar para ninguna competencia.

 

Hay una parábola de José Enrique Rodó que me parece hermosa y muy útil al respecto; la del barco que vuelve. Dice el autor que el conocimiento que adquirimos (sea útil o no), es como un barco que zarpa y que, con el tiempo, se va difuminando y perdiendo en la lejanía del horizonte, hasta que un día dejamos de verlo. Allí creemos olvidarlo por completo, y es posible que lo perdamos de vista y no recordemos palabra alguna de lo que una vez supimos. Pero Rodó sigue diciendo: un día el barco vuelve. Aquello que parecía muerto en la memoria, regresa una vez más en alguna circunstancia, y con ello rescata aquello de la flagrante inutilidad. El barco que vuelve es, en buena medida, una esperanza para la cultura sin utilidad inmediata. Me parece una imagen hermosa porque los barcos y la lejanía siempre tienen una carga de nostalgia, de cosa definitiva y fuerte, y porque rescata la utilidad de todo saber. Pero lo que no dice Rodó es bajo qué circunstancias el barco vuelve, qué es lo que hace que recordemos aquello que teníamos olvidado. No siempre el barco tiene razones para regresar.

 

No leas para ser culto. No quieras saber muchas cosas. Yo he visto en las caras graves y caídas de las personas cultas esta frase escrita “acumular conocimiento es un acto de cobardía”.  Nunca vuelve el barco de quienes leen para ser cultos. La cultura no es un adorno, pero tampoco es una caja de herramientas, o piezas de taller, que pueden acumularse en un pequeño cuartito de la casa. Las herramientas tienen en su naturaleza su utilidad; las ideas y el conocimiento no. Leer una novela, o una obra filosófica, o haber comprendido la teoría de la relatividad, o saber citas de memoria no tienen en sí una utilidad definida para tu vida cotidiana como lo puede tener una pinza o un martillo. Por eso los contenidos leídos, esos que se conocen como “cultura”, no pueden extraerse del baúl ante un problema dado idéntico. Yo creo, más bien, que la cultura únicamente son opciones. Opciones en el sentido que decía Vaz Ferreira; “ideas para tener en cuenta”. Por eso acumular conocimiento es un acto de cobardía, porque es cobarde quien acumula opciones y no acaba decidiendo por ninguna.

 

Hace un tiempo leí un libro de un filósofo colombiano llamado Santiago Castro Gómez que realizaba una crítica muy dura a una importante tradición de filosofía latinoamericana. No quiero hablar aquí del autor ni de filosofía latinoamericana, sino mencionar las circunstancias que le permitieron al autor usar su bagaje para crear su crítica. En cierta entrevista le preguntaron al autor cómo fue que se le ocurrió realizar tan importante análisis de toda una tradición y él contestó que  en ese periodo de su vida venía estudiando temas que en aquel momento tenía muy frescos en la memoria, y sólo en ese momento pudo hacer las conexiones entre autores y obras que le permitieron hacer una crítica tan amplia; quizás en otro momento no habría podido hacerlo. ¿Qué habría sucedido si Castro Gómez hubiese dejado acumular más conocimientos? Posiblemente el barco se hubiese ido y el contenido original de su pensamiento nunca hubiese surgido.

 

Esto es así, posiblemente, porque el conocimiento como opciones no es acumulativo: es relacional. Se relaciona entre sí pero, antes que nada y en primer lugar, se relaciona contigo, con lo que te interesa, con lo que te angustia, con lo que te apasiona. En la escuela, en la academia, en los museos, todo te gritará: “la cultura es algo solemne”, y la verás detrás de una vitrina como a esos animales aburridos de los zoológicos que deambulan en un pequeño espacio, reducidos a la inutilidad ociosa de esperar ser alimentados. No te dejes llevar por esa imagen: no leas para ser culto; no admires a las personas cultas que deambulan en un pequeño escritorio, reducidos a la inutilidad ociosa de esperar ser alimentados. El que lee algo sin sentir que eso tiene que ver con su vida, no aprende. No tiene opciones para pensar. No tiene cultura.

 

Quien está triste y busca, desde su tristeza, opciones en los libros, tiene mucho de auténtico y valiente. Quien cree que un “ismo” tiene algo de liberador y se entrega con fe a la lectura podrá emplear los contenidos de ese “ismo” para su vida aún cuando ya haya descreído absolutamente de esas teorías y las desprecie. Quien haya sentido compañía de la cultura para conocerse a sí mismo, podrá dar cuenta a otros de lo que ha leído, pero no desde una óptica repetitiva, sino desde una visión personalísima (la única que puede resultar interesante, si es que se saber plantear).

 

En definitiva, estoy tentado a creer que todo contenido intelectual vale, para nuestra vida cotidiana, por su valor emocional. Y esto no va en menosprecio de otras utilidades sociales del conocimiento. Sólo digo que este valor emocional pocos te lo resaltarán. La mayoría de la gente te dirá que estudies para ser alguien, que sepas muchas cosas, o que ganes plata. Pero así como ser alguien no es algo definitivo, y así como la plata no tiene utilidad si se acumula en una piecita de la casa, el conocimiento tampoco te servirá de nada, ni te dará gozo si no hay vida detrás de él. Y la vida del conocimiento no depende de los libros, sino del lector que se relaciona con ellos. Y si vas a continuar siendo un lector, sería bueno reflexionar acerca de cómo conviene abordar esa relación, porque no es un asunto trivial, y de ello depende de que la cultura sea algo gratificante y sorprendente, como la noticia de aquel que espera un barco que sabe que puede regresar.

 

 

 

© 2015 HoracioBernardo

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