Pianomóvil

Horacio Bernardo
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Dos meses antes del mundial de fútbol, llegó a la casa de enfrente un hombre llamado Ludovico con pocos muebles y un piano. Era solitario, mantenía una luz encendida y tenía el pelo desordenado como si tuviera la cabeza llena de corcheas. Creí que oiría melodías pero, en lugar de ello, escuché por las noches el inquietante sonido de serruchos y taladros. Nos veíamos a través de nuestras ventanas y creo que fue por una extraña complicidad que varias semanas después, viéndome en la ventana, cruzó y sonrió con ingenuidad. “-Venga, ya está terminado”.

 

Entonces me mostró un piano sobre una plataforma con ruedas “-Con mi PianoMóvil seré la sensación. Este vehículo funciona con la energía que producen las notas al ejecutar una pieza. ¿Qué le parece?”. Luego me dijo que me avisaría el día que lo probase. Entonces llegó el Mundial de fútbol, la Selección alcanzó increíblemente a jugar en semifinales y la gente fue feliz. El día del partido la ciudad se detuvo y cuando el reñido empate llegó a la emoción de penales, sentí que golpeaban a la puerta. “-Salga –dijo entusiasmado Ludovico-, las calles están vacías. Podemos probar esta maravilla.” Se sentó en un pequeño banco circular adosado a la plataforma, me pidió que tomase el manubrio metálico a uno de los lados, y comenzó a tocar Badinerie de J. S. Bach.

 

Entonces, medio a los tumbos, el piano comenzó a moverse y salimos de la casa ayudados con una pequeña rampa, bajamos por la calle de las Almendras y pasamos por el Edificio Cúbico de la Electricidad cada vez alcanzando mayor rapidez. Doblando por el Palacio de las Dos Justicias, él tocaba Maple Leaf Rag de Scott Joplin y la gente gritaba Gol en un bar, Gol en una casa, y en otra más, y notando que la Selección había ganado Ludovico dijo. “-Debemos apurarnos. Si las calles se llenan de gente destruirán mi creación”. Como pude tomé el manubrio, giré a la izquierda y velozmente doblamos por la Avenida de la Agraciada mientras Ludovico se desvivía en dedos ejecutando Rondo alla Turca, y bajando como bólido por la calle de los Melocotones, volvimos mientras los manifestantes apenas vieron el piano antes de que lo guardara nuevamente en la casa. Fue emocionante, pero fue la última vez que vi a Ludovico. Al día siguiente solo encontré debajo de mi puerta una partitura de Rondó alla Turca, como si fuera un recuerdo que no supe cómo interpretar. Dicen que lo vieron en su piano saliendo en un barco desde la Bahía de la Tempestad.

 

© 2015 HoracioBernardo

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