Que no te quiten el sentido

Horacio Bernardo
Publicado en Revista Relaciones. Mayo 2015.

Lo más terrible que te pueden hacer es quitarte el sentido, esto es, dejarte sin alguna razón que verdaderamente te motive a vivir. Te pueden quitar recursos, honores, favores, podrías perder tus relaciones y tu reputación, pero aún en esos casos, aún en medio de la burla y el escarnio, todo eso será secundario. Lo más terrible no es fracasar. Esas cosas a la larga te harán más fuerte, reforzarán tu identidad. Aún sintiéndote en el fondo, detrás del telón de la desesperanza, no habrás perdido lo más importante; la necesidad de superar el fracaso. Y eso es siempre un motivo para vivir.

 

Yo no te estoy diciendo que salgas corriendo a abrazar una gran causa, que luches por los pobres, por los animales o que intentes cambiar el mundo. La búsqueda del sentido no se mide con la vara socialmente aceptable ni lo políticamente correcto. Tampoco puedo decirte cuál debe ser el sentido de tu vida, porque el sentido jamás puede provenir de una orden; la búsqueda no puede ser una obligación ni una tarea, ni un procedimiento. Sólo te digo que la búsqueda es conveniente, porque la sociedad devora y desprecia a las personas sin un propósito; serás un individuo gris, sin más oportunidad que habitar en el silencioso desprecio.

Lo peor en este mundo no es ser pobre, ni negro, ni gay, ni enano, ni sordo, ni ninguna otra de las formas que conllevan algún tipo de discriminación social. En el fondo, todas ellas son formas reconocidas de “ser”, y si por alguna razón bastarda han sido históricamente despreciadas y por tal motivo estás sufriendo, tendrás razón para, luchar, negarte, pegar, querer ser reconocido o desear un nuevo mundo equitativo. Tendrás un motivo para vivir. Yo quisiera que veas que hay algo peor, querido mío, que espero que nunca te pase, esto es, “no ser”. Nadie quiere estar con alguien que “no es”. No habrá nadie para acompañarte, porque no es posible estar de forma auténtica al lado de alguien que no tiene la capacidad de ser.

 

El hombre empatiza o bien con el poderoso o bien con el desgraciado, porque se identifica con lo que quiere ser (a través de la admiración o la envidia), o con el dolor de quien sufre lo que teme llegar a ser. Pero en el medio de estos dos extremos hay una zona hueca, gris, una selva en la que habitamos anónimamente la mayoría de los mortales. Una zona excluida de todo discurso de exclusión: la zona de la normalidad. Si estás allí y no has encontrado un sentido para vivir, algo que te apasione, una razón que te autodefina, quedarás hundido en el fondo de una selva del “no ser”, donde serás blanco de todas las críticas y de todas las etiquetas humillantes que deseen ponerte porque, ¿qué más fácil que definir a alguien incapaz de definirse a sí mismo? Te dirán conformista, consumista, te llamarán hombre mediocre, hombre unidimensional, te dirán que estás hiperintegrado al capitalismo, te harán ver que estás alienado, que no sabes nada acerca de tu vida, que eres un títere de los demás y del sistema. Te llenarán de frustración comparándote con las grandezas que no tienes, y te llenarán de miedo y culpa mostrándote las cosas horribles que te podrían pasar si no soportas la humillación de seguir “no siendo”, pues siempre está la posibilidad de ser excluido. Y una vez que te tengan sumido en la frustración, en la culpa y el miedo, inventarán soluciones y terapias para que las transites, psicológicas, espirituales, motivacionales, te llenarán de pastillas, de sectas, de métodos milagrosos, de pócimas ridículas, te demonizarán por ser normal, porque ser normal es “no ser”.

 

Si te digo que buscar una razón para vivir es necesario, no pienses que es algo nuevo; ni un invento filosófico del siglo XX, ni un hallazgo de Martin Heidegger ni de Victor Frankl. Es algo necesario para el espíritu, claro está, pero también para moverse en este mundo actual que te llenará de desprecio. Deberías ser capaz de reconocer cuando la sociedad te oprime, y ese indicador está en tu interior. Si sientes frustración, si sientes culpa a raíz de ella, hay mucha chance de que seas una víctima silenciosa. Si sientes esas cosas, deberías ser capaz de luchar desde ese “no lugar” en el que te han puesto para que te sientas en alguna medida poca cosa. Porque ese es un potente mecanismo de manipulación social. ¡Es tan fácil y tan perverso! Primero te educarán para que seas normal. Te aplaudirá padres, maestros y tutores y si con esfuerzo llegas a lograrlo, cuando ya estés de algún modo integrado, allí pasarás a ser parte de la selva donde habitamos las personas grises. Entonces allí, en medio del terrible enjambre de manos y piernas luchando (algo así como algún círculo del infierno de Dante), te harán sentir miedo (de ser excluido) pero principalmente frustración (de ser un gris) y culpa (de estar integrado). Y luego, cuando te sientas indefenso, te harán sentir culpable y frustrado por tu cobardía, y allí te habrán dominado. Dominado por dentro, porque sentirás que todo eso proviene de tu propio interior.

 

¿Acaso conoces a alguien que luche por sus derechos de ser gris? ¿Te has topado con alguien que diga, “soy un mediocre y voy a luchar por mis derechos”? No, querido mío, porque la forma peor de opresión es aquella en la que el oprimido se siente desgraciado de serlo, al punto de sentirse indigno para protestar. Por eso buscar un sentido es lo primero que es posible hacer para escapar de esa trampa. Porque lo más terrible que te pueden quitar es el sentido y luego hacerte sufrir por ello, haciéndote sentir a solas como a la inmensa mayoría de las personas. Yo estoy en esa selva, y lo más probable es que también lo estés. No pierdas el sentido. No pierdas de vista el conjunto de manos y piernas de ese infierno de Dante. Hay rostros; otros rostros. Verlos, reconocerlos, es verse a sí mismo. Es comenzar a “ser”. Es el inicio del sentido.

 

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