Todos avanzan y yo no

Horacio Bernardo
 

He llegado a pensar que muchas personas ansiosas o autoexigentes podrían estar entristeciéndose a causa de un razonamiento errado para sí mismos que consiste en una comparación falaz, en creer que los amigos y colegas avanzan en la vida (o en algún aspecto de ella) a más velocidad que uno, o creer que lo hacen normalmente mientras uno se mueve a duras penas. No niego que a veces uno esté paralizado, pero creo que en muchas ocasiones el mal podría subsanarse repasando lo absurdo del razonamiento. Me dirán: está mal compararse, he ahí el problema, pero yo no hablo aquí de lo que está bien y mal, sino de lo que ocurre en la intimidad de las personas. Ya Aristóteles decía que, secretamente, el zapatero se compara naturalmente con el zapatero (su colega), y Baltasar Gracián, en el siglo XVI, sabiendo el malestar que provoca las comparaciones, recomendaba mostrar algún pequeño defecto ante los demás para evitar excitar la envidia ajena. Ahora bien, imaginemos que uno no siente que las cosas marchen tan bien como para causar envidia, sino más bien al contrario, ¿acaso las comparaciones con los demás sufren algún tipo de distorsión? No sé qué pasa: todos avanzan y yo no.

 

Observé esta percepción falaz por primera vez cuando tenía 15 años de edad (aunque no sabía en aquel entonces lo que era una falacia). Estaba yo rindiendo el concurso para ingresar a trabajar en el Banco de la República y entre las diferentes pruebas, la más terrible de todas, era la de dactilografía. Era el Uruguay de principios de los noventa, en la época de las últimas Remington y en la que concursar con 15 años para un puesto estatal no era considerado trabajo infantil. Doscientas máquinas, en veinte hileras de diez sobre un hall amplio, y todos los aspirantes listos para comenzar. “Velocidad mínima: 45 palabras por minuto. Tiempo: 15 minutos. Comiencen a mecanografiar. ¡Ahora!”

La experiencia estruendosa de doscientas máquinas en el eco de un hall era entrar en un universo de desesperación, de comparación irremediablemente frustrada. Uno digita el texto lo más rápido posible y comienza, por ejemplo, escribiendo: “Artigas es el héroe de la patria” y el sonido de fondo, ese terremoto de teclas, del clic, de carros, ha escrito el mismo texto ciento noventa y nueve veces más rápido que uno. “-Dios mío, todos avanzan y yo no.” La comparación es imposible de resolver sin sufrimiento, y no por los nervios, no por depresión, sino por las propias reglas del juego. Uno se mira a sí mismo, sus acciones íntimas al escribir el texto, y con el oído se compara con el resto del mundo, con el universo de máquinas, y no hay persona que pueda ganarle a ese ruido. La falacia es confundir la masa, la mole del conjunto de los otros en el entorno, como si éste fuese uno solo, individual, con la misma capacidad que uno.

 

Todos avanzan y yo no: ¿cómo poder entristecerse ante una frase que no tiene sentido? Porque quien cree que es razonamiento correcto el compararse con el “todos” terminará frustrándose y amargándose por una falacia. Porque cuando uno está algo decaído, es fácil citar un logro del amigo tal, de la prima tal, del novio de tal, y así armar un monstruo, un frustrante collage de éxito ajeno, siempre más veloz y brillante que uno.

 

Por eso, quizás a veces no es aconsejable creer que el problema está en la psicología individual. En aquel concurso, cuando salimos de la prueba de dactilografía (hace mucho, pero aún lo recuerdo) comentamos la experiencia entre los participantes. Muchos la habíamos pasado realmente mal. Todos sentimos que el resto mecanografiaba más rápido.

© 2015 HoracioBernardo

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