Viaje

Horacio Bernardo
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Ellas se mueren de nervios, ansiosas, emocionadas. Saben que es absolutamente necesario permanecer apretadas, aunque haga calor y falte el aire, que este no es un ascensor detenido en el segundo piso, y que sólo hay que esperar la propulsión, la cuenta regresiva, metálica, hermética, que todo habrá valido la pena y que se irán de aquí, a un planeta lejano y brillante donde siempre es domingo. Por eso Idea se ha pintado la boca de ese color carmin que no se usa, Mona ha mandado arreglar por fin la patilla de sus lentes y Eva ha guardado con sigilo la foto de bodas en el bolsillo derecho del vestido. Hoy todo será diferente, impredecible. Doña Ine ha preparado pascualinas por si el viaje es largo, y por si Irma o Nita extrañan la comida casera. Sólo basta presionar el secreto botón que conduce al piso tres millones. Vale la pena intentarlo. Adonde van no hay cuartos en silencio, ni programas infinitos de la tarde, ni comidas sin sal. Allí la gente juega, hay caballeros insaciables y los hijos siempre dan besos sinceros. Hay que apurarse. Es nada más llegar pronto. Por eso Norma asiente segura cuando Marita la mira temerosa ya con el dedo índice acercandose al botón. No hay tiempo, es ahora, y el botón es presionado, el viaje es irreversible, tiemblan los techos, se quiebran las claraboyas, el ascensor es ráfaga que se pierde en el aire, y las enfermeras aterradas llaman a las autoridades, a la policía, a la prensa. Luego del alboroto, silencio. Las enfermeras vuelven a la rutina de los pasos de sus suecos blancos desganados. Nuevamente a deambular por los pasillos del segundo piso. A cuidar de Idea, Mona, Eva y de las otras mujeres que, acostadas en sus cuartos, sueñan emocionadas con recibir visita un lejano y brillante día de domingo.

 

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